“La teta asustada”
3 de diciembre de 2010
Comencemos sumando la superficie de la Península Ibérica, más Francia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo... y cinco Suizas y tendremos la extensión del país en el que se sitúa esta película. Vive allí una población de aproximadamente 28 millones de habitantes. Es un país pluricultural y plurilingüe. (Además del español, oiremos en la película cantar en quechua,). Estamos hablando del Perú.
Comencemos sumando la superficie de la Península Ibérica, más Francia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo... y cinco Suizas y tendremos la extensión del país en el que se sitúa esta película. Vive allí una población de aproximadamente 28 millones de habitantes. Es un país pluricultural y plurilingüe. (Además del español, oiremos en la película cantar en quechua,). Estamos hablando del Perú.
¿Recuerdan expresiones como “esto vale un Potosí” o “esto vale un Perú” para ensalzar el valor de algo? Aluden a las inmensas riquezas de ese territorio, saqueadas durante siglos por la codicia hispana. (¡Tranquilos, no se me asusten, que no trato de contribuir a crearnos mala conciencia!). Pues bien, ¿hay mayor riqueza para una persona que las ganas de vivir, los ánimos, las fuerzas, las energías para afrontar el día a día? No la hay. Y el mayor saqueo, el mayor robo, será, por tanto, el arrancarle a uno esa riqueza, el dejarlo vacío, sin alma.
Y ahí entra de lleno la película y ese es justamente el significado de la enfermedad de “la teta asustada” porque el título, como ya han visto en los programas, es el nombre de una enfermedad que consiste precisamente en eso: en dejar a una persona sin ganas de vivir, sin energías para hacerse con su propia vida. Las mujeres que han sido maltratadas, de mil maneras, transmiten ese miedo, el peso enorme de ese susto cruel, a sus hijas cuando les dan el pecho.
Pero establezcamos un paralelismo entre las mujeres y los países, entre la madre de Fausta y Fausta, la protagonista, y el Perú y sus hijos. Entre las mujeres aterrorizadas, y los países aterrorizados. Son siglos de angustia y de dolor, de robos y explotaciones; aunque esta película de Claudia Llosa (su segunda película, ya que la primera fue “Madeinusa”) se refiera a la reciente historia peruana, la etapa de terror de los años 70 a los 90.
Podemos entenderlo un poco a través de la historia de Fausta (Magali Solier) que vive con su tío en un arrabal de Lima y que quisiera poder enterrar a su madre, que acaba de morir, en su pueblo, en los Andes; pero no tiene dinero para el viaje. Pero lo entenderemos mucho mejor si seguimos esas tomas largas que nos invitan a descubrir las huellas del dolor, las heridas de la guerra en las caras de los personajes y muy especialmente en la mirada de Fausta.
Parece claro que a esta directora, premiada con el “Oso de oro” del festival de Berlín el año pasado, le interesa sobre todo el proceso de curación, de recuperación de la autoestima de la protagonista de su película y de su país. Por eso es quizá conveniente que no perdamos de vista ese paralelismo entre su historia y la de esa época difícil de todo Perú en la que durante décadas imperó el miedo, la violencia y la ignorancia.
En medio de simpáticas escenas costumbristas, como las de la exhibición de los regalos y el ajuar de la pareja en las bodas, o de paisajes estremecedores, se nos invita a analizar cómo se convive con el terror, cómo se curan las heridas, cómo se recuperan las ganas de vivir o, como dice el subtítulo de la película, cómo hacer el viaje del miedo a la libertad.
