EL VIAJE HACIA EL MAR
11 de MARZO de 2011
Desde luego, el equipo de Procine tiene el don de la oportunidad: Berna está envuelta en su carnaval y, justo hoy, tenemos la ocasión de ver cómo un grupo de seis hombres se quitan los disfraces y se ponen a contarnos parte de sus vidas mientras recorren su país en un viaje lleno de descubrimientos.
En nuestro viaje cinematográfico estamos recorriendo también las últimas etapas –quedan la de hoy y la del día 25- y, como ustedes han sido capaces de pasar amargos tragos con Camino, con La soledad, con La teta asustada, por nombrar algunas, hoy se ven recompensados con este maravilloso -¡y cortito!- viaje hacia el mar.
El que fue durante muchos años presidente de Castilla-La Mancha y hoy lo es del congreso, Don José Bono, decía que se sentía muy feliz de haber podido llevar a cientos y cientos de castellanomanchegos a ver el mar por primera vez.
Eso es lo que ocurre en esta película de hace ocho años, aunque recoge el ambiente de finales de los cincuenta en Uruguay y no es el presidente Don José Bono quien los lleva con un programa de la consejería de bienestar social, sino un tal Rodríguez con su destartalado camión.
¿Y a quién lleva? “A una manga de bestias” dirá el vasco que va de copiloto; “a unos animales”, dirá el mismo Rodríguez, cuando compruebe, al final, que prefieren zamparse el asado y dormir la sieta bajo los árboles antes que contemplar la maravilla que él les ha puesto ante los ojos.
Pero nosotros sabemos, porque lo vemos, que lleva a unas personas normales y corrientes, cada una con su problema a cuestas, “con su muerto a cuestas”, como dirá el forastero que se les une a última hora, que van a desplegar encima de la caja del camión su filosofía de la vida.
Y ahí es donde más vamos a disfrutar. El juego de preguntas comunes y respuestas inesperadas nos invita a valorar el sentido del humor por encima de todo. Eso sí, en el viaje que nos ocupa, bien regado con tragos de caña, (tomados juntos, claro, porque “por acá se dice que trae mala suerte tomarlo solo”), bien adobado con el excelente asado que hará el vasco y acompañado contiuamente con una excelente música popular uruguaya que nos hará el viaje aún más agradable si cabe. No incluyo en esta categoría “La marcha de la bandera” que acabará, como van a ver, en una situación esperpéntica.
El viaje le permite al director hacernos conocer un poco mejor un precioso país al que, en nuestra incultura geográfica, a veces confundimos con Paraguay. Los uruguayos son los “orientales”, como dice el estribillo de su más que épico himno nacional: “¡Orientales, la patria o la tumba / libertad o con gloria morir!”.
Hablamos de un país con poco más de tres millones de habitantes, la mitad de ellos en Montevideo, la capital, y con una densidad de población que no llega a 20h/km2 lo que le permite filosofar al conductor del camión y asegurar –mientras maneja “más bien lento”- que “personas, hay; no las ves, pero las hay; lejos, pero las hay”.
Y, cuando las vemos, descubrimos lo verdaderamente importante del viaje. Observen con mimo, sobre todo, dos secuencias: la del desfile funerario al principio, justamente el día de la fiesta nacional (porque parece confirmado que acostumbramos a morirnos en los momentos más inoportunos) y la secuencia final con las reacciones de cada uno de los viajeros.
Ríanse a gusto. Disfruten de la sesión.


