ISPANSI (ESPAÑOLES)
Tres
centenares de españoles se citaron el 28 de enero en el
auditorio de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Berna con
Carlos Iglesias y parte de su equipo para ver ISPANSI (ESPAÑOLES) en
un acto organizado por PROCINE y la Consejería de Educación de la
Embajada de España. Asistieron tambien al encuentro el Embajador de
España en Berna y varios de sus Consejeros.
“¡Tranquilo,
Lenín!”. Carmen intenta calmar a su
perro y el soldado soviético, que no entiende cómo se puede llamar
Lenín a un perro, echa mano a su pistola. “Los españoles adoran a
Lenín y esta niña adora a su perro”, le explica el ruso que
acompaña al grupo. “¡Ispansi!”, murmura el soldado y deja la
pistola en su funda.
Piedad
sale corriendo tras la chica rusoalemana
que se llevan los soldados. “¡Esa chica no lleva pañuelo!” La
besa, la abraza, se quita su pañuelo y abriga con él a la
prisionera. El soldado mirará sin comprender (¿o quizá
comprendiendo?) y exclamará otra vez: “¡Ispansi!”
Los
soldados alemanes están a punto de cruzar el Volga y pueden llegar
en cualquier momento; los responsables del grupo de niños están
decidiendo quiénes se van y quiénes se quedan porque la enfermedad
o las escasas fuerzas pronostican una muerte segura. “¡Nos vamos
todos. Nos vamos juntos!”, acaban decidiendo y Dorin, el médico,
dirá por todo comentario: “¡Ispansi!”
Guerrilleros
españoles son atrapados por soldados alemanes en mitad del bosque
nevado. El oficial alemán los va ejecutando porque no responden a
sus preguntas. No las entienden. “¡Son españoles!”, grita
rabioso Álvaro, “¡no te entienden!”. De entre los abedules
blancos emerge un grupo de divisionarios españoles; su jefe encañona
al oficial alemán: “¡déjanoslos a nosotros!” Los alemanes
reculan y el oficial masculla: “¡Spanier!” ¡Los guerrilleros
salen con vida gracias a los falangistas!
Trescientos
nueve españoles han seguido en un silencio respetuoso y tenso el
relato de Álvaro sobre los niños de la guerra y ahora lo han dejado
“dormido” en un banco nevado de una plaza moscovita, junto al
monumento al soldado desconocido. Es el 20 de noviembre de 1975.
Se
encienden las luces de la sala y las manos
aplauden y secan lágrimas. Álvaro, Carlos Iglesias, está delante
de ellos. Surge espontáneo el diálogo. Es la segunda vez (la otra
fue con “Un Franco, 14 pesetas”) que este español llega al
corazón y se hace entender con toda nitidez por españoles que
viven y trabajan en Suiza. Van saliendo y se cortan (para llorar) y
vuelven a salir las preguntas. Se mezclan exiliados, emigrantes,
“trasterrados”... convicciones, necesidades, odios y amores.
Aquellos
niños, los pocos ancianos que hoy siguen vivos y que, en palabras
del director, temían que su historia se perdiera, vuelven a estar en
la sala. (En la pantalla han sido
interpretados por hijos de españoles, alumnos de las clases de
Lengua y Cultura en Suiza. Muchos de sus compañeros han estado hoy
en la primera sesión). Se rinde homenaje en las intervenciones del
público, del director, de los actores y actrices presentes (Eloísa
Vargas, Dorin Dragos, Isabel Stoffel, Carmen Izquierdo) a quienes los
cuidaron, les enseñaron y se desvivieron por ellos. Se reconoce la
generosidad de la Unión Soviética con ellos, el desarrollo humano y
profesional que alcanzaron. Se hace difícil entender cómo muchos
fueron rechazados después por sus familias cuando volvieron
fugazmente a sus pueblos y ciudades. Se habla de la ayuda necesaria
de la España democrática en los ochenta.
Y
se le pide más a este español valiente
–“¡y guapo!”, añadiría él- que, junto con su equipo, cuenta
historias que contribuyen a educar nuestra conciencia ciudadana y a
mejorar nuestra convivencia, que tiende puentes posibles y que sigue
en la brecha.
Como
también siguen ahí, aportando su ilusión y su buen hacer, en
palabras de la consejera de educación que presentó el acto, “esas
mujeres valientes de PROCINE” que se atrevieron a apostar por este
encuentro y a financiarlo. “¡Españolas!”
Pedro
Herranz

