sábado, 4 de febrero de 2012
















ISPANSI (ESPAÑOLES)

 
Tres centenares de españoles se citaron el 28 de enero en el auditorio de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Berna con Carlos Iglesias y parte de su equipo para ver ISPANSI (ESPAÑOLES) en un acto organizado por PROCINE y la Consejería de Educación de la Embajada de España. Asistieron tambien al encuentro el Embajador de España en Berna y varios de sus Consejeros.

¡Tranquilo, Lenín!”. Carmen intenta calmar a su perro y el soldado soviético, que no entiende cómo se puede llamar Lenín a un perro, echa mano a su pistola. “Los españoles adoran a Lenín y esta niña adora a su perro”, le explica el ruso que acompaña al grupo. “¡Ispansi!”, murmura el soldado y deja la pistola en su funda.

Piedad sale corriendo tras la chica rusoalemana que se llevan los soldados. “¡Esa chica no lleva pañuelo!” La besa, la abraza, se quita su pañuelo y abriga con él a la prisionera. El soldado mirará sin comprender (¿o quizá comprendiendo?) y exclamará otra vez: “¡Ispansi!”

Los soldados alemanes están a punto de cruzar el Volga y pueden llegar en cualquier momento; los responsables del grupo de niños están decidiendo quiénes se van y quiénes se quedan porque la enfermedad o las escasas fuerzas pronostican una muerte segura. “¡Nos vamos todos. Nos vamos juntos!”, acaban decidiendo y Dorin, el médico, dirá por todo comentario: “¡Ispansi!”

Guerrilleros españoles son atrapados por soldados alemanes en mitad del bosque nevado. El oficial alemán los va ejecutando porque no responden a sus preguntas. No las entienden. “¡Son españoles!”, grita rabioso Álvaro, “¡no te entienden!”. De entre los abedules blancos emerge un grupo de divisionarios españoles; su jefe encañona al oficial alemán: “¡déjanoslos a nosotros!” Los alemanes reculan y el oficial masculla: “¡Spanier!” ¡Los guerrilleros salen con vida gracias a los falangistas!

Trescientos nueve españoles han seguido en un silencio respetuoso y tenso el relato de Álvaro sobre los niños de la guerra y ahora lo han dejado “dormido” en un banco nevado de una plaza moscovita, junto al monumento al soldado desconocido. Es el 20 de noviembre de 1975.

Se encienden las luces de la sala y las manos aplauden y secan lágrimas. Álvaro, Carlos Iglesias, está delante de ellos. Surge espontáneo el diálogo. Es la segunda vez (la otra fue con “Un Franco, 14 pesetas”) que este español llega al corazón y se hace entender con toda nitidez por españoles que viven y trabajan en Suiza. Van saliendo y se cortan (para llorar) y vuelven a salir las preguntas. Se mezclan exiliados, emigrantes, “trasterrados”... convicciones, necesidades, odios y amores.

Aquellos niños, los pocos ancianos que hoy siguen vivos y que, en palabras del director, temían que su historia se perdiera, vuelven a estar en la sala. (En la pantalla han sido interpretados por hijos de españoles, alumnos de las clases de Lengua y Cultura en Suiza. Muchos de sus compañeros han estado hoy en la primera sesión). Se rinde homenaje en las intervenciones del público, del director, de los actores y actrices presentes (Eloísa Vargas, Dorin Dragos, Isabel Stoffel, Carmen Izquierdo) a quienes los cuidaron, les enseñaron y se desvivieron por ellos. Se reconoce la generosidad de la Unión Soviética con ellos, el desarrollo humano y profesional que alcanzaron. Se hace difícil entender cómo muchos fueron rechazados después por sus familias cuando volvieron fugazmente a sus pueblos y ciudades. Se habla de la ayuda necesaria de la España democrática en los ochenta. 
 
Y se le pide más a este español valiente –“¡y guapo!”, añadiría él- que, junto con su equipo, cuenta historias que contribuyen a educar nuestra conciencia ciudadana y a mejorar nuestra convivencia, que tiende puentes posibles y que sigue en la brecha.

Como también siguen ahí, aportando su ilusión y su buen hacer, en palabras de la consejera de educación que presentó el acto, “esas mujeres valientes de PROCINE” que se atrevieron a apostar por este encuentro y a financiarlo. “¡Españolas!”

Pedro Herranz

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