sábado, 24 de marzo de 2012

El secreto de sus ojos (2009) Sesion del 24 de marzo de 2012












































EL SECRETO DE SUS OJOS
Juan José Campanella, 2009
24 de marzo de 2012



    ¿Hay algún argentino en la sala? ¿Me permite que le dé las gracias? Le explico por qué, claro. Por dos pasiones que ustedes han sabido cultivar maravillosamente: el psiconálisis y el fútbol. No sé en cuál de las dos son más líderes mundiales; pero el caso es que ambas pasiones permiten entender y disfrutar mucho mejor esta película. Gracias, pues, por la magia de sus futbolistas, por la profundidad de sus psicoanalistas y por esta joya que nos regalaron el año 2009 el director Juan José Campanella y ese grupo de actores extraordinarios encabezados por Ricardo Darín.
Cumplido el deber del reconocimiento, debería retirarme porque la película dura más de dos horas; pero no quiero aguantarme las ganas de proponerles unos ejercicios de precalentamiento:

    Métanse en la piel del funcionario de un juzgado argentino que se acaba de jubilar (¡no se me enfaden, por favor, no les estoy echando años encima!). Este funcionario judicial, además de inteligencia, capacidad y energías tiene un fino sentido de la dignidad espoleada por su memoria. 25 años atrás le tocó trabajar en un caso cuyo cierre en falso siguió interrogándole toda su vida. El caso de una mujer violada y asesinada en el Buenos Aires de 1974.

    Recuerden lo que saben de la Argentina de aquellos años, tambaleándose entre democracia y dictadura y vuelvan a dar un salto a los primeros años del presente siglo que es cuando nuestro funcionario se jubila. Pues bien, vamos a aprovechar su nueva libertad para hacer frente a esa pesadilla que le ha acompañado durante 25 años.

    Pongamos que este funcionario tiene pendiente además algún otro reto personal: escribir una novela. Ya empezamos a tener hilos suficientes para tejer la película.

    Por si les parecen insuficientes, vamos a encargarle el papel principal a uno de esos actores que son capaces de sacar adelante, por sí solos, una película; que parece que no necesiten ni guión; que resuelven con su mirada y sus palabras cualquier caso que se les ponga delante. ¿Se lo encargamos a Ricardo Darín? ¡De acuerdo! Ya tenemos el asunto magníficamente encarrilado.
    Pero todavía podemos hacerlo mejor. Hacemos que el director se encuentre con una novela que está pidiendo a gritos que la conviertan en un guión cinematográfico (“La pregunta de sus ojos”). Y, como hemos quedado al principio que el director iba a ser Juan José Campanella, le vamos a pedir que ponga a trabajar todo lo que sabe de cine: que avance y retroceda sin despistarnos; que nos lleve y nos traiga; que nos sorprenda; que mezcle con maestría la violencia y el lirismo, el cine negro y los sentimientos insatisfechos, la nube de amenazas continuas del entorno de la dictadura argentina con los sueños de la gente de a pie, con sus mitos cotidianos, sus aspiraciones y sus fracasos.
    También tenemos que estar de acuerdo en que no nos va a importar que las autoridades judiciales pongan poco o ningún interés en reabrir el caso. ¡Nosotros ya estamos curados de espanto en esto de los jueces! La constancia del buen funcionario, adentrándose incluso en la ilegalidad, desoyendo los consejos de que “no se meta”, aprovechando las buenas ayudas de un amigo borrachín, nos llevarán a encontrar lo que no esperábamos.

Bueno, pues ya está. Ahora, después de estos dos minutos de “estiramientos”, vamos a disfrutar de un uso del lenguaje cinematográfico y del lenguaje verbal exquisitos; de un saber hacer ver y de un saber decir extraordinarios; no nos vamos a cansar esta vez de oír hablar a los argentinos: vamos a querer más. Las dos horas (sin pausa) se nos van a hacer cortas. No solo no nos vamos a perder: nos vamos a encontrar... admirando la tozudez del funcionario para llegar hasta el final; la maestría de una jueza para provocar una confesión; el ansia del que espera todos los días a que por fin la solución llegue en ese tren... la sorpresa, el descargo de conciencia, la restitución de la dignidad... ¿Les parece poco?

Pedro Herranz

Calabuch (1956) Sesion del 18 de febrero de 2012


















CALABUCH
Luis García Berlanga, 1956
18 de febrero de 2012

¿Piensan ustedes que, cuando muchas cosas van mal, el humor es una buena idea? ¿Incluimos también la solidaridad? ¡Entonces, es un buen momento para ver Calabuch!
    Vamos a situarnos en 1956, el año del estreno de esta deliciosa película de Berlanga en blanco y negro. Hacía tres años que el régimen de Franco había establecido relaciones con Estados Unidos; ya saben: el país que, junto con Suiza y el Vaticano, más interés mostró en que “el régimen” fuera “reconocido” por otros países. Son expulsados de la universidad y encarcelados (o exiliados) profesores y estudiantes progresistas; va a ser invadida Hungría por las tropas del Pacto de Varsovia; va a recibir Juan Ramón Jiménez el premio Nobel de Literatura... pero de todo esto vamos a ver poco en la película.
    Un científico americano, harto de ese mundo que lleva a la destrucción total y en el que se acaba de hacer realmente uno de los muchos experimentos atómicos que realizaron los americanos, abandona sus investigaciones y se refugia en Calabuch, un pueblo de la costa levantina. Peñíscola se deja identificar en seguida. Ese es nuestro escenario. El sabio se va a sentir encantado, como un niño con zapatos nuevos; pero ¿cómo están los habitantes de Calabuch?

    Aunque quizá no encontremos en esta película la crítica feroz que vemos en otras de Berlanga, conviene estar atentos a ese control que ejercen sobre la sociedad las llamadas “fuerzas vivas”, a ese perfecto entendimiento entre la iglesia y las fuerzas del orden (verán que Berlanga tiene mucho cuidado de que no parezca la guardia civil y habla de “carabineros”), a la escasez de medios de que “disfruta” la escuela, al trapicheo continuo; a la desinformación del NODO...

    Pero queda la fiesta (las procesiones, los toros, el cine: son de antología las secuencias dedicadas a los tres elementos); quedan el humor y la solidaridad. Y ahí es donde la película muestra quizá su mejor cara: la solidaridad de los vecinos con el científico va a servir para muy poco; las lanzas de los romanos o la dinamita de Crescencio no podrán nada contra la marina americana; pero se habrán levantado juntos contra algo inaceptable.

    ¿Puedo animarles, sin pasar por alto a Edmund Gwenn, el protagonista, a prestar especial atención a dos actores españoles de primer nivel de los años 50 y 60? Fíjense en José Luis Ozores, el torero, y en Pepe Isbert, el vigilante del faro. Seguro que después los recordarán con una sonrisa agradecida.
Pedro Herranz