sábado, 24 de marzo de 2012

Calabuch (1956) Sesion del 18 de febrero de 2012


















CALABUCH
Luis García Berlanga, 1956
18 de febrero de 2012

¿Piensan ustedes que, cuando muchas cosas van mal, el humor es una buena idea? ¿Incluimos también la solidaridad? ¡Entonces, es un buen momento para ver Calabuch!
    Vamos a situarnos en 1956, el año del estreno de esta deliciosa película de Berlanga en blanco y negro. Hacía tres años que el régimen de Franco había establecido relaciones con Estados Unidos; ya saben: el país que, junto con Suiza y el Vaticano, más interés mostró en que “el régimen” fuera “reconocido” por otros países. Son expulsados de la universidad y encarcelados (o exiliados) profesores y estudiantes progresistas; va a ser invadida Hungría por las tropas del Pacto de Varsovia; va a recibir Juan Ramón Jiménez el premio Nobel de Literatura... pero de todo esto vamos a ver poco en la película.
    Un científico americano, harto de ese mundo que lleva a la destrucción total y en el que se acaba de hacer realmente uno de los muchos experimentos atómicos que realizaron los americanos, abandona sus investigaciones y se refugia en Calabuch, un pueblo de la costa levantina. Peñíscola se deja identificar en seguida. Ese es nuestro escenario. El sabio se va a sentir encantado, como un niño con zapatos nuevos; pero ¿cómo están los habitantes de Calabuch?

    Aunque quizá no encontremos en esta película la crítica feroz que vemos en otras de Berlanga, conviene estar atentos a ese control que ejercen sobre la sociedad las llamadas “fuerzas vivas”, a ese perfecto entendimiento entre la iglesia y las fuerzas del orden (verán que Berlanga tiene mucho cuidado de que no parezca la guardia civil y habla de “carabineros”), a la escasez de medios de que “disfruta” la escuela, al trapicheo continuo; a la desinformación del NODO...

    Pero queda la fiesta (las procesiones, los toros, el cine: son de antología las secuencias dedicadas a los tres elementos); quedan el humor y la solidaridad. Y ahí es donde la película muestra quizá su mejor cara: la solidaridad de los vecinos con el científico va a servir para muy poco; las lanzas de los romanos o la dinamita de Crescencio no podrán nada contra la marina americana; pero se habrán levantado juntos contra algo inaceptable.

    ¿Puedo animarles, sin pasar por alto a Edmund Gwenn, el protagonista, a prestar especial atención a dos actores españoles de primer nivel de los años 50 y 60? Fíjense en José Luis Ozores, el torero, y en Pepe Isbert, el vigilante del faro. Seguro que después los recordarán con una sonrisa agradecida.
Pedro Herranz

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