CALABUCH
Luis
García Berlanga, 1956
18
de febrero de 2012
¿Piensan
ustedes que, cuando muchas cosas van mal, el humor es una buena idea?
¿Incluimos también la solidaridad? ¡Entonces, es un buen momento
para ver Calabuch!
Vamos
a situarnos en 1956, el año del estreno
de esta deliciosa película de Berlanga en blanco y negro. Hacía
tres años que el régimen de Franco había establecido relaciones
con Estados Unidos; ya saben: el país que, junto con Suiza y el
Vaticano, más interés mostró en que “el régimen” fuera
“reconocido” por otros países. Son expulsados de la universidad
y encarcelados (o exiliados) profesores y estudiantes progresistas;
va a ser invadida Hungría por las tropas del Pacto de Varsovia; va
a recibir Juan Ramón Jiménez el premio Nobel de Literatura... pero
de todo esto vamos a ver poco en la película.
Un
científico americano, harto de ese mundo que lleva a la destrucción
total y en el que se acaba de hacer realmente uno de los muchos
experimentos atómicos que realizaron los americanos, abandona sus
investigaciones y se refugia en Calabuch, un pueblo de la costa
levantina. Peñíscola se deja identificar en seguida. Ese es
nuestro escenario. El sabio se va a sentir encantado, como un niño
con zapatos nuevos; pero ¿cómo están los habitantes de Calabuch?
Aunque
quizá no encontremos en esta película la
crítica feroz que vemos en otras de Berlanga, conviene estar
atentos a ese control que ejercen sobre la sociedad las llamadas
“fuerzas vivas”, a ese perfecto entendimiento entre la iglesia y
las fuerzas del orden (verán que Berlanga tiene mucho cuidado de
que no parezca la guardia civil y habla de “carabineros”), a la
escasez de medios de que “disfruta” la escuela, al trapicheo
continuo; a la desinformación del NODO...
Pero
queda la fiesta (las procesiones, los
toros, el cine: son de antología las secuencias dedicadas a los
tres elementos); quedan el humor y la solidaridad. Y ahí es donde
la película muestra quizá su mejor cara: la solidaridad de los
vecinos con el científico va a servir para muy poco; las lanzas de
los romanos o la dinamita de Crescencio no podrán nada contra la
marina americana; pero se habrán levantado juntos contra algo
inaceptable.
¿Puedo
animarles, sin pasar por alto a Edmund Gwenn, el protagonista, a
prestar especial atención a dos actores españoles de primer nivel
de los años 50 y 60? Fíjense en José Luis Ozores, el torero, y en
Pepe Isbert, el vigilante del faro. Seguro que después los
recordarán con una sonrisa agradecida.
Pedro
Herranz

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